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Veneración por el mundo interior que cada tragedia íntima esconde. Por el misterio que siempre aguarda, por su  musicalidad. Por la luz desviada, por la intensidad trágica de ciertas bellezas. Veneración por las cumbres líricas que derrocan certidumbres erigidas  a golpe de maza. Por los ocasos iridiscentes, por la dermis aérea de algunos lugares solitarios, por su extraña inmovilidad; brutal, hipnótica, casi sexual. Por la nobleza que confieren ciertos abandonos plagados de signos notables que actúan como resortes y nos resitúan en un presente, tal vez más habitable.

 

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Para sucumbir al mundo exterior. Para despertar la verdadera identidad, con el fervor y la vitalidad, de quien ha sido expatriada. Y regresar siempre, a los páramos, los páramos del mundo y descansar de esa vida vacua y opresiva que tan sordamente nos atenaza y saltar hasta la tibieza humana, hasta no poder, y desparramar todas las zozobras, todas las tragedias. Un frio de mil diablos, por allá, un dolor muy viejo, ese de crecer, ese de muertes, de olvido. Para confiar en la noche y en nuestra disposición al placer y reafirmar con ello la exixtencia del amor, su rostro noble, fosforescente.

 

I  WANT TO BELIEVE

 

Recuerdo una pélícula,  del título ni sé, menos aún el nombre de su director, porque creo que se trata de un hombre. Supongo que americana, por lo menos la historia trascurre en uno de esos pueblos solariegos y deprimidos, donde la gente no parece esperar nada.

Recuerdo el impacto  que me produjo esa   historia,  su dureza, su teatralidad paisajística, su emocionalidad cruda y sin refugio.  Aquella manera otra de exponer el universo de los protagonistas, su psicología, sus deseos, sus imposibles.

Recuerdo la belleza de los personajes centrales. Su historia de encuentros imposibles. Las vías muertas, los trenes de mercancías, varados a las afueras de un pueblo sin quilla posible. esa soledad opresiva, ese abandono.

Y el deseo, el deseo ferruginoso, de esos jóvenes, su sexualidad accidentada, virulenta en vagones estáticos. Las campas solitarias, los cielos sin consuelo,  la soledad de sus cuerpos tratada con ese encuadre tan inusual. Se me quedó pegada. Yo era muy joven, casi una niña, ahora me ha venido a la cabeza esta película.

Se cruzan como sin querer, se dan lo que pueden, que no parece ser gran cosa, pero que sin duda lo es. Posiblemente se buscan, contra todo pronóstico (él es predominantemente homosexual), aun con toda esa crudeza, para poder creer y sentir que es posible… , salir de allí.

He estado en el Guggen. Está repleto de las obras del artista chino Cai Guo-Quiang, la exposición quiero creer tiene un valor reseñable; su tamaño, su número. Esto permite realizar una parada en esa completa retrospectiva y captar algo del carácter creativo del artista. En ese sentido resulta interesante visionar alguno de los vídeos donde se muestran sus procesos creativos, en concreto con la pólvora una de sus señas de identidad.

Sin embargo salgo de allí, como casi siempre, con esa sensación de bluff, de gran bluff. Naderío en las púpilas.